La ansiedad es un mecanismo antiguo y muy útil. Es el cuerpo preparándose para algo que percibe como una amenaza: el corazón se acelera, la respiración se vuelve corta, los músculos se tensan y la cabeza no para de adelantarse a lo que podría pasar. Hace miles de años eso nos salvaba la vida delante de un peligro real.
El problema llega cuando la alarma se queda encendida sin que haya ningún león delante. Cuando salta en el supermercado, en la cama a las tres de la mañana o antes de una conversación que, en realidad, sabes llevar.
Para qué sirve
Antes de preguntarte cómo quitártela, merece la pena preguntarte qué te está diciendo. Muchas veces la ansiedad señala algo que no estamos atendiendo: un cansancio que arrastras desde hace meses, un límite que no pones, una decisión que aplazas o una emoción que no te permites sentir.
Pelearse con ella suele darle más fuerza. Escucharla no significa obedecerla: significa entender qué protege.
Cómo lo acompaño
En las sesiones combinamos la conversación con el cuerpo: aprender a reconocer las primeras señales, bajar el ritmo con la respiración e ir hacia lo que hay debajo sin forzar. La idea es que la alarma vaya dejando de mandar a su ritmo, no de un día para otro.
Para cuando suba
Cuando notes que sube, apoya los pies en el suelo y cuenta cinco cosas que ves, cuatro que puedes tocar y tres que oyes. No busca que desaparezca: busca que vuelvas al presente, que es el único sitio donde puedes hacer algo.
Si la ansiedad te impide hacer vida normal o aparece con síntomas físicos que te preocupan, consulta con tu médico o con un profesional sanitario de salud mental. Este acompañamiento va a su lado, nunca en su lugar. Si en algún momento piensas en hacerte daño, llama al 024 (gratuito, a cualquier hora).
Si algo de esto te ha removido, podemos mirarlo juntos.